Dalí, entre Dios y el Diablo: VII. La política hermética. Fundamentos esotéricos de la monarquía-anárquica

Infokrisis.- Si hay un aspecto sorprendente de Dalí afecta precisamente a sus concepciones políticas. Aparentemente no hay ningún terreno en el que Dalí se mueva con tanta aureola de originalidad y excentricidad como en el terreno de la política. Sin embargo, a poco que uno se sobrepone de la sorpresa inicial y empieza a analizar el contenido de frases aparentemente paradójicas e incomprensibles, se percibe un orden subyacente en tanta locura. La política es, sin duda, uno de los terrenos más desconocidos de la personalidad de Salvador Dalí y, sin embargo, marca un aspecto extraordinariamente sugerente del pintor.



VII

LA POLITICA HERMETICA

Los fundamentos esotéricos de la monarquía-anárquica


"Divina proporción, regla de oro del alma.
Por ser más refulgente que el sol,
verticalidad metafísica del pueblo español.
Yo canto de la Monarquía su innata sabiduría"

"Soy un campesino catalán, en cuyo cuerpo habita un rey"


Salvador Dali

Sin duda el aspecto más controvertido de la vida de Salvador Dalí y la fuente de muchos de sus conflictos, lo constituyeron sus opiniones políticas. En este terreno, no se le ha tenido precisamente por un rebelde excéntrico o un inadaptado visceral, ni siquiera sus actitudes han sido vistas como "gestos dalinianos" y, por tanto, voluntariamente espectaculares, sino provocadores. Políticamente se ha considerado a Dalí, pura y simplemente como "fascista". Se trata de un malentendido, sin embargo, la posición política de Dalí se inserta en la coherencia estructural de su sistema de pensamiento y tiene mucho que ver con su pensamiento mágico.

Dalí era, fundamentalmente apolítico; consideraba que ninguna opción política podía ser adoptada sin reservas mentales. Ahora bien, este apoliticismo no suponía ignorancia y desinterés por el mundo de la res-publica, sino que debe ser entendido en un sentido clásico, como distanciamiento de la política cotidiana, de la "pequeña política". Dalí suscribía estas palabras de Nietzsche que conocía desde su adolescencia: "Les di la espalda a los gobernantes cuando vi a lo que llamaban gobernar: comerciar y pactar con la plebe... Entre todas las hipocresías, esta me parece la peor: que también los que manden simulen virtudes de esclavos". Y de Ortega y Gasset había extraído otro elemento de análisis: "El hecho característico del momento es que el alma vulgar, reconociéndose vulgar, tiene la audacia de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone por todas partes". Quien piensa así -como era el caso de Dalí- y no quiere resignarse a un papel marginal dentro de la sociedad, está obligado, por coherencia, a asumir esta "apoliteia", entendida como distanciamiento de la política cotidiana y de los valores que la informan. Dentro de este contexto hay que situar algunas sorprendentes declaraciones seudo-políticas de Dalí y, al mismo tiempo, integrar las no menos sorprendentes opiniones del pintor sobre sus ideas políticas. Veremos que todo esto lleva a Dalí a considerar la política desde otra perspectiva que nada tiene que ver con las categorías manejadas habitualmente y que se acerca a la "gran política" que predicó Federico Nietzsche, el visionario del "super-hombre", pero también a un terreno en el que el gobierno de los destinos de los hombres cruza la frontera de la racionalidad y se interna por los derroteros de la metafísica...

Durante su juventud Dalí fue un revolucionario sin más; acérrimo partidario de destruir el orden establecido -aquel que había conocido en su casa de Figueras, y que correspondía a los ideales y estilo de la burguesía- no parece que tuviera gran influencia en sus actitudes, ni el papel de educador de su padre, librepensador y políticamente progresista, ni de su primer profesor, Esteban Trayter. Pero debemos detenernos un poco en este capítulo de su vida.

Los librepensadores fueron un producto del positivismo racionalista de finales del siglo pasado. Cataluña fue un hervidero de este movimiento generado al calor de los círculos masónicos y amamantado por ellos. En aquella época era completamente imposible establecer una divisoria entre la masonería laica y los grupos librepensadores; puede decirse que allí donde existió una logia masónica, apareció un núcleo de ideas positivistas y un círculo de reflexión racionalista y ateo. Frecuentemente los altos grados de una logia, solían ser presidentes de la Asociación de Librepensadores más próxima.

Pues bien, el padre de Dalí pertenecía a estos círculos positivistas ampurdaneses. Dalí, situando a su progenitor, escribe: "Mi padre procedía de la Barcelona sentimental, era librepensador; la Barcelona de los coros Clavé, de los anarquistas y del proceso a Ferrer Guardia". Existía en Figueras un hombre con fama de sabio, Esteban Trayter, que dirigía un colegio fundado sobre los principios de la Escuela Moderna de Ferrer Guardia. Trayter era librepensador y, casi con seguridad, francmasón. Por aquel entonces las logias ampurdanesas estaban ampliamente extendidas en la región y, más en concreto, en Figueras que contó con varios alcaldes miembros de la Orden. Sería raro que en una ciudad de pocos cientos de habitantes, dotada de una logia con gran nivel de actividad, precisamente el director de la Escuela laica, no fuera un habitual de estos círculos. En cualquier caso, el dato es irrelevante en lo que a la vida de Dalí se refiere, a pesar de que fuera en esa escuela donde curso estudios por primera vez.

No fue allí donde aprendió las primeras letras; autodidacta ya en la época, sus mayores le ayudaron a conocer la escritura y la lectura. Entró en la escuela del Sr. Trayter sabiendo leer y escribir a la perfección; cual no sería la sorpresa de sus padres cuando al cabo de unos pocos meses de escolarización ya lo había olvidado todo... Dalí recordó siempre ese tipo de enseñanza como algo mediocre. Tratyer era un excéntrico, vestido siempre con una vieja levita, el rape que solías aspirar le daba cierto tono amarillento a los bigotes; las barbas, descuidadas, le llegaban hasta la cintura. Allí aprendió que Dios no existía; frecuentemente Trayter solía recurrir a una demostración muy gráfica: después de maldecir a Dios, tomaba el reloj y decía "Veis, si dentro de cinco minutos sigo vivo es que Dios no existe". Luego se sentaba y quedaba sumido en un profundo sopor...[1]

El notario de Figueras, padre de Dalí, tras el primer año de escolarización, decidió que la Escuela del Sr. Trayter, por colega que fuera en el terreno ideológico, no impartía el tipo de enseñanza más adecuado para su hijo y Salvador prosiguió sus estudios en los Hermanos Maristas de Figueras; pero nunca más -a pesar de que se esforzase-, nunca pudo experimentar la fe del cristiano.

En 1921, el jovencísimo Dalí pinto algunos dibujos para la revista "Empordà Federal", portavoz de los nacionalistas catalanes. Pero esa fue toda su vinculación con el nacionalismo. Siete años después, ya habrá roto cualquier vínculo con él y en el curso de una conferencia en "El Centaure" de Sitjes establecerá un programa antinacionalista cuyos dos primeros puntos eran "Abolición de la sardana y de todo lo que es regional, típico, local". La hostilidad será mutua e, incluso en la actualidad, el gobierno de la "Generalitat" no experimenta más que una simpatía forzada por Dalí y por su obra que, en su testamento, hizo heredero al Estado Español.

Tras su paso por la Residencia de Estudiantes y sus altercados dentro de la Escuela de Bellas Artes de la que fue expulsado, temporalmente, primero, y luego definitivamente, Dalí al regresar a Figueras es detenido y pasa dos meses en prisión al ser considerado como "revolucionario y subversivo". Jamás consideró la prisión como algo que le afectara negativamente; allí tuvo tiempo de leer y reflexionar. En la cárcel observa el fenómeno de los "barrotes voladores" al que se referían constantemente los presos veteranos; y esto le hace pensar: "Largo tiempo después de su encarcelamiento, en las circunstancias y lugares más insospechados, [los presos] ven a menudo aparecer ante sus ojos los barrotes de la ventana de su celda, unas veces fijos, pero con mayor frecuencia como si volaran, ya destacándose en sombra sobre un fondo luminoso y ya -más repetidamente- apareciendo en negativo, incluso contra cielos muy luminosos, como por ejemplo, el cielo sobre el cual yo observé a menudo los barrotes de mi prisión de Gerona, en una tonalidad azul mucho más luminosa que la del cielo mismo. Estas impresiones que persistieron hasta cerca de tres meses después de mi libertad, me hicieron pensar mucho en la persistencia de las impresiones retinianas, conduciéndome casi inmediatamente a una conclusión práctica que mi intuición hacia ya, desde mi más tierna infancia, practicado inconscientemente". Dalí concluye de esta experiencia que la retina debe ser alimentada diariamente con visualizaciones favorables que queden incorporadas a la memoria visual como piezas de un mosaico para luego, bruscamente, asociarlas paranoicamente entre sí y obtener estímulos, impulsos e inspiraciones para la pintura: "...te estoy aconsejando, como buen inquisidor que soy, que te rodees con una cárcel para tus ojos", escribió en "50 Secretos Mágicos para pintar"; en esa cárcel móvil el pintor deberá retener fuentes de inspiración. La vegetación, el bosque, son las mejores, en opinión de Dalí, y el olivo la mejor de las mejores.

A sus 20 años, Dalí era ya famoso en Figueras. Se interesaba por la humanidad, se quería revolucionario y quería hacer algo por el mundo. Escribió sobre sus ideales en esas fechas: "Desde mi más tierna infancia me interesaba mucho el bien de la humanidad y tenía sueños sociológicos de que todo el mundo fuera feliz. Después vacilé y vi que la humanidad no me interesaba nada en absoluto; empecé a interesarme por mis propios problemas sexuales; pasé de experimentar por la humanidad una gran estima a un menosprecio total". Mientras esta segunda fase aun no había llegado, alardeaba de ser el único suscriptor en Figueras de "L'Humanité", el diario del Partido Comunista Francés. Aprovechó uno de los números para incluir parte de la cabecera como collage en su autorretrato cubista de 1923 que ya deja presagiar su genio como pintor. Al producirse el asesinato del Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, Dalí mostró su solidaridad, llamándolos "mártires comunistas". Pero poco o nada le atraía del comunismo -salvo su espíritu de revuelta antiburgués- al que solía achacarle un carácter plebeyo. Algunos de sus amigos habían abrazado la causa de los soviets y durante los primeros años como surrealista, requirieron su colaboración. Tal fue el caso de Jaume Miravitlles, que colaboró en las experiencias cinematográficas de Dalí -"Le Chien Andalou" hacía el papel de sacerdote- en y que había pertenecido a una organización próxima al trotskysmo, el Bloc Obrer i Camperol (B.O.C.). Miravitlles, en uno de sus panfletos -"Contra la cultura burguesa", aparecido en 1931- destacó que la obra del pintor y sus declaraciones estaban impresas de un tinte antiburgués que objetivamente podía ser considerado como revolucionario. Miravitlles afirmaba que "la crítica que Dalí hace a la cultura en general y a la cultura burguesa en particular, es una crítica marxista". Dalí y los surrealistas, tenían un punto común con el comunismo: su antiburguesismo y esto creaba una posibilidad de colaboración. El principal punto de discusión era la antítesis entre Freud y Marx, que Dalí intentó superar en la conferencia que pronunció en la Sala Capsir de Barcelona en 1931: "la conciliación entre marxismo y freudismo topa a veces con el cretinismo de los representantes oficiales de la literatura proletaria"; el error del marxismo consistía en "no dar importancia a las crisis morales" y considerar que la nueva moral proletaria surgiría solo de un reordenamiento de las fuerzas productivas. Advierte en el marxismo un "fatalismo" del que, dice, hay que huir.

De hecho, la historia del surrealismo se vió lacerada por diferencias políticas: Aragón y su grupo pasó a la órbita del Partido Comunista Francés tras la Conferencia Internacional de Intelectuales (Jarkov, 1935). Su ingreso en el PC le costó la expulsión del grupos surrealista. Breton militó solo un tiempo en el PC y algunos de los suyos se aproximaron temporalmente a las formaciones trostkystas; Giorgio de Chirico y otros surrealistas italianos, fueron ganados por el fascismo del cual constituyeron su primer soporte cultural, junto con los futuristas en desbandada. René Crevel, sentimentalmente ligado a uno y otros, viéndose en la tesitura de tener que tomar partido, tomó como excusa su avanzada tuberculosis para hacer mutis por el foro, suicidándose. Otros, como Giménez Caballero, se adhirieron a la opción fascista de Falange Española o a la derecha como Gómez de la Serna. Como puede verse, la respuesta política de los surrealistas no fue uniforme. El surrealismo, en general, evitaba pronunciarse en términos políticos, pero siempre se quisieron revolucionarios; Dalí en un momento avanzado de su adscripción al surrealismo, escribió: "La revolución surrealista es, ante todo, una revolución de orden moral, esta revolución es un hecho vivo, el único que tiene un contenido espiritual en el pensamiento occidental moderno"; pero resulta evidente que, hasta el período 1930-31, Dalí se consideró comunista -sui generis-, si bien jamás militó en el Partido.

Los intentos de Miravitlles de conducir el grueso del surrealismo español al B.O.C. no tuvieron continuidad y el propio Miravitlles pasó del radicalismo trotskysta a formaciones de la derecha regionalista. En el debate de la sala Capsir, después de la intervención de René Crevel, Dalí declaró que "políticamente, los surrealistas somos comunistas", luego añadió que el surrealismo es ciertamente, tal como explica la doctrina marxista, un producto de la descomposición burguesa, pero que el marxismo no podía ofrecer como cultura proletaria nada superior y terminó su alocución recomendando "deshacerse de las ideas innobles de patria y familia" (...) "y deshacerse de sentimentalismos, escupiendo sobre la bandera de la patria, castigando a los padres con el revólver y descendiendo al mundo de la subversión". Todo esto era poco "científico" para los marxistas de la época y no es raro que su mensaje quedara incomprendido.

Dalí, en el fondo, no hacía sino seguir el ejemplo que había dado André Breton en 1927 afiliándose al Partido Comunista, en el que permanecería hasta 1932. La represión contra las vanguardias artísticas en la URSS entrañó la ruptura de Breton con el comunismo. Cuando Picasso entró en el Partido, Breton dejó de saludarlo. Con el paso de los años, solamente Louis Aragon y su grupo seguirían en las filas del comunismo stalinista, alejándose de Breton que continuaría negándolo. Eluard se incorporó al Partido Comunista en 1942 con otros intelectuales, pero todos, antes o después, terminarían por aborrecer el corsé ideológico-cultural que les suponía tal militancia.

Dalí, por su parte, siguió "experimentando" en el terreno de los movimientos socio-políticos. El ámbito anarquista también sintió que sintonizaba con los puntos de vista surrealistas. Dalí fue invitado por la CNT-FAI a dar una conferencia poco antes del estallido de la guerra civil. En un ambiente favorable a sus ínfulas antiburguesas, salió a la superficie todo el Dalí surrealista que no ahorró obscenidades ni palabras groseras para calificar al "enemigo de clase", hasta que un anarquista le reprochó tales frases dichas ante mujeres y niños. Dalí le preguntó si estaban en un local libertario o en una sacristía. Por entonces el pintor tenía sus primeras obsesiones en torno al pan, así que en el punto más polémico de la conferencia mandó que le trajeran una barra de pan y se lo sujetó en la cabeza. En ese momento un librepensador sufrió un ataque de locura y se avalanzó para matarlo, mientras Dalí recitaba las primeras estrofas de su "Asno Podrido". Antonio D. Olano cuenta que los organizadores le felicitaron: "Ha ido usted un poco lejos, pero estuvo muy bien", le dijeron. Tampoco en este terreno los contactos debían prosperar. Dalí no era anarquista en el sentido que entendían los miembros de la CNT-FAI, ni experimentaba el menor interés en realizar el "apostolado seglar" al lado de los desheredados tal como preconizaba el ambiente libertario. Dalí era un burgués que no quería proletarizarse, ni descender un peldaño en la escala social, sino encaramarse hasta la aristocracia. El mismo cuenta como abandonaba las reuniones surrealistas diciendo que se iba a una cena en el palacio del Conde tal o del magnate cual... pero al estar en compañía de la aristocracia, les decía que tenía que dejarlos para asistir a la reunión surrealista. Así conseguía centrar la atención de unos y otros, despertar su interés y sus recelos, conseguir, en definitiva, ser el centro de atención.

De esta época data también una manifestación en la que el pintor llevó una bandera alemana y otro amigo suyo enarboló la de los soviets. El día antes había concluido una conferencia en el Centro Republicano gritando "Viva Rusia y Viva Alemania" justo antes de lanzar la mesa contra el público de un puntapié... En la España de la época solamente un pequeño grupo, las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas de Ramiro Ledesma Ramos, constituidas en torno al semanario "La Conquista del Estado", enarbolaban semejantes consignas. Precisamente a éste grupo habían acudido algunos surrealistas españoles como Ernesto Giménez Caballero. Si hacemos abstracción de sus contenidos seudo-fascistas, muchos de los artículos insertados en "La Conquista...", están próximos al surrealismo con el que los "jonsistas" compartían la temática antiburguesa. Ramiro Ledesma y los suyos no tenían inconveniente en dar vivas a la Alemania nazi, la Italia fascista y la Rusia bolchevique; en su óptica, los tres movimientos encarnaban el espíritu revolucionario y subversivo de la época. Dalí opinaba igual.

No es improbable que Dalí tuviera conocimiento de las publicaciones "jonsistas" a través de algunos de sus amigos surrealistas que siempre formaron en torno al "fascismo español"; ciertamente, no se le conoce ninguna actividad pública a su favor, pero, en 1970 Dalí tenía todavía en su casa de Port Lligat un retrato de José Antonio Primo de Rivera, el hombre que dió cierta coherencia política al magma fascista local anterior a la guerra. El retrato había permanecido expuesto en un conocido restaurante de Figueras hasta que el propietario decidió retirarlo a requerimiento de unos turistas franceses de paso; Dalí lo instaló en un sitial preferente de su hogar. Hablaba de él sin ocultar admiración: "!Era un genio (...) José Antonio Primo de Rivera ha sido una de las personalidades más importantes que tuvimos en España. Fue el primero en inventar y utilizar lo de "!Arriba España!" y en el momento en que el liberalismo (...) consistía en decir abajo esto y abajo lo otro... "!Arriba España!", inventó ese grito que puso en pie a España y, además, es quien mejor hizo la apología de un ser que se despreciaba en aquellos momentos: el señorito. Dijo de él mismo que representaba a los señoritos y que aspiraba a que, un día, todos fuésemos señores en España". La última frase resume todo el atractivo que tenía cierta forma de fascismo para Salvador Dalí e implica por qué jamás pudo sentirse del todo cómodo en una formación de izquierda proletaria, marxista o anarquista; para Dalí no se trataba de proletarizar a la burguesía, como de aristocratizar al proletariado. En su manifiesto "Mi Revolución Cultural", refleja esta creencia que estuvo viva en su espíritu hasta su última época: "La cultura burguesa no puede ser reemplazada si no es verticalmente. No se puede desaburguesar la cultura si no se desproletariza la sociedad y se orientan hacia fines bien altos las funciones del espíritu, redirigiéndose hacia su origen divino, trascendente y legítimo".

DALI Y LOS IRRACIONALISMOS TOTALITARIOS

Poco antes de que estallara el drama de la guerra civil, Dalí abandonó España yendo a encontrar a su amigo Edward James en Roma. De ahí pasó a París que abandonó poco antes de la entrada de las tropas alemanas. Finalmente, recaló en Estados Unidos. Por entonces ya había reformulado alguna de sus ideas políticas. Sus tenues simpatías por el comunismo se desvanecieron cuando empezó a percibir en la versión moscovita una forma extrema y plebeya de conservadurismo. Solía explicar que la degradación del marxismo tenía un carácter capilar: Marx lució siempre barba luenga y desordenada; Engels, por el contrario, se la recortaba y cuidaba más; Lenin utilizó solo bigote y perilla; Stalin mostacho, Malenkof rostro liso y, finalmente, Kruschev era incluso calvo. Para Dalí esta "degradación capilar" estaba en razón directa al grado de conservadurismo asumido por el Partido Comunista de la Unión Soviética. Pero el rechazo por la ideología y por las formulaciones prácticas del marxismo iba parejo a la admiración que sintió hacia a algunos de sus líderes. Incluso durante el franquismo no escatimó loas y alabanzas a José Stalin, ni tampoco a Mao Tse-Tung del que ilustró una edición de sus "Poemas" con ocho ilustraciones a punta seca. De Stalin decía que "ha forjado el Ejército Rojo y el poder de Rusia. Los herreros han constituido siempre hermandades y sectas. Desde que este tipo del guerrero llega al poder, crea símbolos masculinos y femeninos: la hoz y el martillo. Tal fue el caso de Vulcano en la Grecia antigua. Fue Vulcano quien forjó el escudo de Aquiles, en tanto dejó que Apolo sedujera a su esposa Venus". Dalí estaba familiarizado con los trabajos de Mircea Eliade[2], el famoso historiador de las religiones que antes de la guerra había sido miembro del partido fascista rumano "Guardia de Hierro" en torno a las hermandades secretas de herreros y forjadores. En su libro "Herreros y Alquimistas", Eliade demostró como la Alquimia procedió del arte de la forja de los metales. Dalí, además, no olvidaba al primer vástago de su linaje del que tenía noticia, Pedro Dalí, el herrero de Llers.

Evidenciado a través de símbolos que permitían asociaciones paranoicas, Dalí percibió en el comunismo huellas de irracionalismo; experimentó una fascinación particular por la hoz y el martillo en cuya fusión descubría su admirado andrógino. Para él, la hoz era un símbolo femenino y el martillo masculino. Idéntica fascinación le produjo la svástica en la que veía otro símbolo andrógino de unión sexual. No ahorró declaraciones favorables a Hitler antes de la guerra e incluso es posible que sintiera alguna simpatía política. Breton recordaba que en febrero de 1939, el propio Dalí le había explicado que "la crisis contemporánea era racial y que la solución posible era concentrar todos los esfuerzos de los blancos para reducir a las razas de color a la esclavitud".

Se ha dicho que, con el paso de los años, Dali se había ido convirtiendo en un hombre de orden que ansiaba la estabilidad ante todo, por encima de las ideologías políticas: si Stalin le causó una profunda devoción surrealista se debía -entre otras cosas- al régimen de hierro que había creado, sintió otro tanto por Mussolini y Hitler y la admiración que deparaba a Franco o Mao no estaba muy lejos de todo esto. Pero sería incompleto reducir la admiración de Dalí hacia esos regímenes totalitarios a una mera muestra de conservadurismo político; en esos años existieron otras muchas dictaduras totalitarias que no merecieron ningún comentario elogioso ni su más mínima atención. Dalí, en realidad, no experimentó apenas una admiración hacia el aparato de poder de estos regímenes; solo le atraía la "dimensión mítica" que intuía en ellos.

A principios de los años 30, Dalí empieza a sentir fascinación hacia la svástica. Esto coincide con las presiones de René Crevel para que el surrealismo tome partido a favor de la Internacional Comunista y asista al Congreso de escritores de Jarkov. En el momento más inoportuno, Dalí propuso a los surrealistas votar una moción "proclamando la mirada y la espalda blanda de Hitler dotadas de un lirismo poético irresistible". Más adelante confesará sentirse "fascinado por las caderas blancas y rollizas de Hitler" (...) "la más divina carne de una mujer de cutis blanquísimo". No podía evitar asociar Hitler a la imagen de una mujer. A partir de la conversación con Crevel, escribe, "mi obsesión Gillermo Tell - piano - Crevel dejó paso a la del "gran paranoico comestible", o sea, Adolfo Hitler". Consideraba al fundador del nazismo como el "gran masoquista", capaz de desencadenar una guerra de dimensiones "kolossales" solo por el puro placer de perderla y destruirse en la voragine.

Dalí se cuidaba de destacar que estas asociaciones paranoicas no tenían nada que ver con las valoraciones políticas que podían hacerse del nazismo. Breton, no quiso, finalmente hacer tales distingos y el grupo surrealista terminó convocando una reunión para tratar la expulsión del pintor. Este acudió con un termómetro en la boca y se tomó la temperatura en no menos de cuatro ocasiones quitándose y poniéndose ropa según el cariz de la discusión. Finalmente se llegó a una solución de compromiso en la que Dalí resultó expulsado pero se le permitió seguir exponiendo con otros pintores surrealistas.

Coincidiendo con estos hechos reflexionó en torno a las sugestiones alucinatorias que le producía el cuadro de Millet "El Angelus"; se preguntaba por qué algunos símbolos, personajes o cuadros favorecían la eclosión de sus fantasmas interiores y que otros le dejaban completamente indiferente. Dedicó varios cientos de páginas a resolver el enigma en un libro cuyo manuscrito permaneció perdido desde 1940 a 1962, "El mito trágico del Angelus de Millet"; el cuadro le parece objetivamente "azucarado y nulo", de la misma forma que Hitler desprovisto de sus atributos de dictador no es más que un típico burgués medio o la svástica no deja de ser un signo más entre otros muchos; ¿por qué estos elementos le sugieren innumerables asociaciones paranoicas? ¿por qué otros se muestran completamente inertes? Llega a la conclusión de que "a tales efectos deben corresponder causas de cierta importancia y que, en realidad, bajo la grandiosa hipocresía de un contenido de lo más manifiestamente azucarado y nulo, algo ocurre". Dalí ha llegado al núcleo de los grandes símbolos, aquellos que generan una sintonía entre lo exterior a nosotros, la percepción del símbolo, y lo que está dentro de nosotros, latente, el arquetipo simbólico. Llama a esto "atavismo".

La atracción que sintió Dalí hacia el nazismo y más en concreto hacia la figura de Hitler y la svástica, forma parte de este atavismo. Dalí asumía la interpretación que Wilhem Reich en su "Psicoanálisis del nazismo" hacía sobre la svástica. Para Reich el símbolo del nazismo tuvo atracción sobre las masas por que indicaba, de manera estilizada, una cópula entre hombre y mujer; cada parte estaría representado por ┌┘ y └┐, cuya intersección indicaría los sexos unidos durante el coito...

EL FRANQUISMO EN DALI

Dalí no solo simpatizó con cierto franquismo sino que además conoció personalmente al dictador y compartió con él momentos de intimidad. Pintó un retrato de su nieta y dedicó un poema al entonces Príncipe de España, sucesor de Franco. Hay que ser claros: Dalí sedujo a Franco y la simpatía fue mutua. ¿Sobre qué se basó?

Dalí, culturalmente hablando, era capaz de cualquier exceso y excentricidad, pero ya hemos visto que con el paso del tiempo, en términos políticos, fue convirtiéndose en un conservador nato, horrorizado por las turbulencias de la inestabilidad y el vacío de poder. Fue acentuando estas tendencias con el paso de los años. La posibilidad de una "revolución político-social" le producía nauseas, precisamente por eso se dejó seducir por el concepto de "revolución cultural", pues, en el fondo eso consistió el surrealismo de su juventud: la transformación de los parámetros culturales y de las concepciones para que estas, a modo de infrestructuras presionaran sobre las superestructuras políticas. La muerte de García Lorca influyó más en su ánimo de lo que han estimado muchos biógrafos. Otro tanto puede decirse de la desaparición de correligionarios surrealistas en campos de concentración, en huidas de Francia o en combates en el maquis. En su conferencia en 1951 en el Teatro María Guerrero dijo: "Yo siempre he sabido que toda revolución no es interesante por lo que revoluciona, sino al contrario, porque, a través de ella, se vuelve a encontrar la tradición viva que estaba oculta bajo el polvo de la falsa tradición: las rutinas burocráticas del espíritu".

Dalí sintió por Franco lo que otros muchos conservadores experimentaron hacia la figura del dictador: agradecimiento por haber enterrado un caos llamado "Segunda República" y dado fin al estilo de hacer política de los partidos que conformaron el arco parlamentario de la época. Para Dalí importaba poco la legalidad republicana, opinaba que este capital se había dilapidado en el desgobierno, el caos cotidiano y la incapacidad para resolver los problemas. En la citada conferencia de 1951 su primera frase -"Picasso es comunista, yo tampoco"[3]- fue recibida con una ovación rotunda. Y siguió: "En nuestra época de mediocridad, todo lo grande, importante y auténtico, se ha llevado a cabo fuera de lo común, frecuentemente contra viento y marea". En otro momento dijo: "Antes de Franco, los políticos y los gobiernos aumentaron la confusión el desorden y las mentiras en España. Franco rompió abiertamente con esta falsa tradición, restableciendo la claridad, la verdad y el orden en todo el país, en los momentos de mayor anarquía. Esto revela una gran originalidad". Y, por si había alguna duda, continuó: "Vengo para visitar a dos Caudillos. El primero Francisco Franco. El segundo Velázquez, que cada día asciende más en el firmamento artístico del mundo". Franco era un enamorado de la pintura y, ciertamente, conocía a los clásicos, no solo españoles. Uno de sus pintores favoritos era Vermeer de Delf. Dalí se sorprendió, en la audiencia que le concedió en 1954, cuando Franco le habló extensamente de Vermeer, precisamente en los momentos en los que Dalí se sentía obsesionado por "La Encajera" del pintor flamenco. En otra ocasión declara que Franco se ríe mucho con él. Son buenos amigos, los dos han tenido siempre pocos verdaderos amigos, quizás por eso se compenetran. Un día, después de comer, Dalí se retira a sestear, "Franco, por el contrario -cuenta- fue a revisar unos manuscritos medievales, su capacidad de trabajo era inmensa". Esto nos permite entrar en otro terreno...

Franco intentó entrar en la francmasonería durante la II República, como francmasón era su hermano Ramón y como defensor de la masonería inglesa se erigió su hermano Nicolás, gracias a cuya gestión se pudieron implantar logias en las bases militares americanas en España. Franco no desmerecía a la masonería inglesa, pero albergaba una completa hostilidad a la francesa y hacia los "Grandes Orientes" (laicos, ateos, librepensadores, racionalistas y, políticamente, liberal-izquierdistas). Durante sus estancias en Marruecos, Franco había conocido personajes extraños; uno de ellos, Corintio Haza, médico judío y khabalista, diseñó para él un extraño talismán que lo acompañaría durante toda la guerra: el "Víctor". El dictador sentía una atracción desmesurada por la figura de Felipe II y por el Escorial. A pesar de haberse erigido en defensor de la cristiandad y de haber desangrado España en defensa del papado, Felipe II mantuvo relaciones difíciles de justificar con individuos que se habían colocado en el punto de mira de la Inquisición: desde el arquitecto Juan de Herrera -autor del "Tratado sobre la piedra cúbica", uno de los libros de cabecera de Dalí en su período místico- hasta el bibliotecario Benito Arias Montano, pasando por sus gustos pictóricos extremadamente curiosos que iban desde El Bosco hasta los pintores alumnos de Vasari que, como Pellegrino Tibaldi, acudieron a decorar la biblioteca y el claustro de El Escorial dejando sobre aquellos muros el testimonio de su sabiduría hermética. Precisamente en la Biblioteca de El Escorial y en las estancias personales de Felipe II se guarda la colección mejor provista de tratados de alquimia reunidos sobre territorio español. El Emperador tenía atracción reverencial por Saturno y los astrólogos de la Corte le habían comunicado que su reinado estaría influido por este planeta; de ahí que el Emperador vistiera perpetuamente de negro. Las leyendas urdidas en torno al sitio de El Escorial afirman que su emplazamiento fue elegido por una vieja tradición que situaba allí la "puerta del infierno". Su trazado tiene en cuenta una doble estrella pentagonal y reproduce el Templo de Salomón: El Escorial debía taponar esa entrada de lo maligno. Franco estaba al corriente de todo esto y lo tuvo en cuenta a la hora de edificar el Valle de los Caídos. La cripta del Valle de los Caídos está orientada hacia El Escorial y simétricamente separada de él por el monte Avantos[4]. Decididamente todavía queda por escribir la historia oculta de Franco...

Para Dalí esto era la "gran política" que le atraía desde sus tiempos de precoz lector de Federico Nietzsche: el liderismo de hombres que, a despecho de las masas, actúan para transformar su voluntad de poder en mecanismo histórico, líderes que están, como mínimo tan preocupados por los destinos históricos de un país antes que por la solución de los pequeños problemas cotidianos. Para Dalí la sintonía natural entre Franco y Felipe II tenía más valor que todas las inauguraciones de pantanos de aquel período, la avalancha turística o los planes de desarrollo. Era la muestra de que Franco era "grande" (bueno o malo, pero "grande" al fin y al cabo).

Dalí vió por última vez a Franco año y medio antes de su muerte; el Jefe del Estado se encontraba ya con las facultades físicas muy disminuidas y la audiencia fue breve, pero, gracias al encuentro, el Teatro-Museo de Figueras recibió un impulso notable. Fue el último gesto daliniano del dictador. Dalí alabó, una vez más, la "grandeza del Caudillo". Esta "grandeza" que percibió en Franco, la racionalizó de manera paranoico-crítica mediante la observación de los símbolos y ritos del franquismo: un himno de letra completamente surrealista -"El Cara al Sol", paralelo al poema, igualmente surrealista, que Dalí había compuesto en 1929, "Con el Sol"-, parafernalia imperial antiplebeya, símbolos míticos (el yugo y las flechas, el cisne, la garra solar), y talismanes (el “Víctor”), todo lo cual suponía entroncar el período franquista con lo que reconocía como la "tradición" española.

Los símbolos no son mudos: son expresiones sensibles de ideas, evocan ideas a través de su morfología; cualquier espíritu avezado penetrará en la naturaleza de un símbolo con solo visualizarlo una vez, sin meditar sobre él. Y Dalí pertenecía a este tipo de individuos que cuando ven una esfera no piensan solo en que se trata de una forma idéntica al balón, sino que tras él intuyen significados simbólicos y metafísicos más profundos. Tales significados de este o aquel movimiento político, más que el movimiento en sí, son los que seducen a Dalí, a pesar de que el conjunto pueda ser de una bajeza y mediocridad alarmante. La persona del líder carismático y las sugerencias paranoico-críticas que de los símbolos que lo acompañan, atraen al pintor más que cualquier otra cosa. También en el caso del franquismo, la personalidad del dictador y su acompañamiento simbólico ritual, referido siempre a la tradición española, mereció su adhesión, en absoluto el franquismo sociológico -la burguesía-, ni al franquismo organizado -el "Movimiento Nacional"- con el cual jamás tuvo ninguna relación.

LA POLITICA HERMETICA DE DALI

Contrariamente a la opinión de algunos biógrafos, Dalí si definió sus ideales políticos y no siempre por el camino de la negación. Si bien en su pensamiento y en sus declaraciones políticas menudearon las negaciones rotundas, también hubo afirmaciones soberanas. Y la primera de ellas es ese alegato al que antes hemos aludido en defensa de la "tradición": "No creía -escribió Dalí- ni en la revolución comunista, ni en la revolución nacional-socialista, ni en ninguna otra clase de revolución. Creía, solo en la suprema realidad de la Tradición". Tenía muy presente la frase de Eugenio d'Ors: "Todo lo que no es Tradición, es plagio". Dalí reconoce ya en su primera juventud el valor de la tradición en la pintura: sus maestros son los clásicos, su modelo a imitar, la gran tradición pictórica renacentista. Este mismo concepto lo traspasa a la política y consigue que, a pesar de todas sus aparentes excentricidades, exista una lógica y una coherencia de hierro en las opiniones políticas de Salvador Dalí.

Como pintor, Dalí tenía tendencia a reducir la Historia a la historia de la pintura. Y había un punto en el que percibía una inflexión; a pesar de ser un hombre que vivía en el mundo moderno, e incluso que había participado de sus vanguardias artísticas más extremas, la totalidad de la personalidad de Dalí era anti-actual. Era parecido a la fiesta de los toros que, como Picasso, amaba tanto: algo presente en el mundo moderno, pero que no "era" del mundo moderno. La admiración de Dalí por la pintura clásica y renacentista, por el Siglo de Oro español, hacía de él un hombre cuyas raíces -o al menos una parte de ellas- estaban ancladas en otro tiempo. Pues bien, son los valores de in illo tempore, de un Renacimiento que todavía no se ha despojado de los últimos ecos de la humanidad medieval, los que constituyen la médula de la "gran política" para Dalí en su época de madurez. Tales valores son abatidos por la Revolución Francesa. Alzada sobre las cabezas guillotinadas de la aristocracia, la revolución de 1789 afirmó la primacía del burgués y de los valores burgueses en la sociedad occidental. Visto el poco aprecio que Dalí -por rechazo a la situación familiar- tenía por los valores burgueses, no puede extrañar que la sola mención a la Revolución Francesa le enfermara. Estando en 1929 con el surrealista Robert Desnos en un restaurante de la Avenue Montparnasse, éste le habló entusiásticamente de lo que representó la Revolución Francesa para el espíritu occidental. Al día siguiente, Dalí aquejado de unas fiebres extremas y en estado delirante, vió su habitación invadida por insectos; al deshacerse de uno de ellos que creía ver ascendiendo por su cuerpo, se extirpó un lunar y perdió abundante sangre. A partir de ese momento observó que la mera alusión de alguien a la Revolución Francesa le provocaba inmediatamente accesos de fiebre y fuertes dolores de cabeza. En su período místico, Dalí vió en los sucesos de 1789 el origen de la decadencia del arte moderno[5].

Dalí manifestó en todas las etapas de su vida un desprecio absoluto hacia todos los regímenes demo-liberales. Consideraba que la democracia era el caldo de cultivo de toda corrupción. A la pregunta del ensayista Alain Bosquet sobre los acontecimientos de mayo del 1968 en París, Dalí contesta: "El régimen no me parece suficientemente podrido. Me atraen los regímenes corrompidos al máximo, esos que ya están maduros para el restablecimiento de una monarquía tradicional. !Todavía sería necesario que todo fuera aquí más podrido, aun más podrido!". "Contra peor, mejor", habían dicho algunos revolucionarios antes que él; los místicos e iniciados de todos los tiempos, por su parte, aseguraban que para que algo naciera lo anterior debía de morir: Dalí, como veremos, tenía ideas políticas bastante claras, por paradójicas que pudieran parecer.

Es innegable que hasta mediados de los años 30, mantuvo una postura revolucionaria, como hemos visto, que le llevaba a dar vivas a todo lo que se oponía a la revolución liberal y a los valores burgueses, fuera fascismo o bolchevismo. Sabemos que llegó a estas posiciones percibiendo en los símbolos de tales regímenes un elemento misterioso que estaba del todo ausente en las repúblicas demo-liberales y que le seducía. Dalí sufrió la influencia de personas concretas: Giorgio di Chirico, su amigo, su precursor en cierta forma, creador de la "pintura metafísica" con su hálito misterioso y onírico, fue, poco a poco, derivando del dadaismo, al surrealismo y de éste a una colaboración cada vez más estrecha con el fascismo. Arno Breker, pasó a ser el escultor oficial del régimen hitleriano. Breker, era una personalidad exuberante e igualmente "renacentista", fuera de lo común, amigo a su vez del escritor Godfried Benn, traductor del esoterista italiano barón Julius Evola al alemán y prologuista de su obra capital "Revuelta contra el mundo moderno". Este grupo alemán rechazaba igualmente las categorías burguesas y en sus obras literarias o escultóricas exaltaba los valores inherentes a un tipo humano que busca niveles superiores de vida. Breker esculpió un busto de Dalí como antes había esculpido la estela en honor de los soldados de la Wermatch muertos en Stalingrado. Dalí lo tenía en alta estima. La situación de estos intelectuales y artistas en relación a los regímenes políticos de sus respectivos países fue similar a la de Dalí respecto al franquismo: apoyo crítico y exterior, nunca compromiso total con carnet del partido único en el bolsillo. Simplemente creyeron que los fascismos estaban más próximos a sus categorías éticas y políticas que el demo-liberalismo. Es indudable que las relaciones con estas personalidades decantaron definitivamente las simpatías de Dalí hacia los regímenes totalitarios.

Tras huir de la guerra civil española, Dalí pasa un período en Villa Comboni, cerca de Analfi, propiedad del poeta Edward James. En la vecina Roma, se siente emocionado con las ruinas del Capitolio y del Foro y escucha casualmente un discurso de Mussolini. Ve en él dictador del fascismo una reedición del líder, del hombre "grande" situado más allá del bien y del mal, que actúa a despecho de la opinión de los "pequeños". Por esas fechas, los surrealistas están alarmados, no tanto por el exhibicionismo daliniano que no hace otra cosa que llevar a la práctica el estilo de vida que ellos proclamaban en sus escritos, sino que perciben que "el nombre de Hitler -siempre mostrado en términos correctos y acompañado de las más entusiásticas observaciones- aparece con demasiada frecuencia y entusiasmo. Da la impresión de que este aborrecido nombre no puede separarse de sus labios". En esos momentos, buena parte del surrealismo había terminado mirando hacia la izquierda y no era raro que los surrealistas estuvieran en guardia: el régimen nazi había acuñado una denominación para describir buena parte de sus producciones, "entartete kunst", arte degenerado.

Los nazis habían recuperado esta idea de Max Nordau que, a principios de siglo definió el arte moderno como un "arte débil", "psicológicamente enfermizo", producto de una sociedad crepuscular y en ruinas. En 1937 el régimen nazi organizó, en el Instituto Arqueológico de Berlín, una Exposición de Arte Degenerado compuesta por 700 piezas producidas después de 1910 por artistas alemanes de vanguardia. El grupo surrealista de Colonia, dirigido por Max Ernst, que se había erigido como una de las vanguardias más agresivas y "experimentales", protagonizó buena parte del evento. El diario oficial del partido nazi mostró una foto de Hitler y Goering ante un cuadro de Max Ernst; el pié de foto decía "Ofensa a la mujer alemana"... Esta exposición supuso el punto álgido del enfrentamiento entre las concepciones culturales nazis y las surrealistas. Dalí se encontró aislado en su propio grupo y tuvo en Louis Aragon a su principal detractor. Aragon, ante un exabrupto imaginativo, de Dalí a propósito de un "objeto surrealista" -una mecedora construida con vasos llenos de leche- se le encaró: "!Basta de excentricidades! La leche será para los hijos de los huelguistas...". Hacía poco que Aragon había estrenado sus lealtades socialistas en el Congreso de Escritores Revolucionarios de Jarkov, definido por Dalí como areópago de la mediocridad.

Acosado por la izquierda comunista, disputado por los intelectuales y artistas del fascismo, el pintor, a pesar de su apoliticismo, experimentaba una evolución en sus tendencias interiores. En esos años descubrió, también en política, la "vía de la Tradición". A ello le llevó un razonamiento que, fue sofisticando con el paso de los años, pero que era simple en esencia y que puede resumirse en siete puntos: 1) la idea de que debe existir una entidad suprema que ordene en las alturas, un "líder" que encauce y encarrile; 2) mientras, en la base actúan necesariamente múltiples tendencias contrapuestas cuyos conflictos no pueden nunca ir más allá de los límites impuestos por la entidad suprema; 3) solo tras la caída del fascismo, Dalí sustituye la figura del "líder" por el "monarca"; 4) para dar un aspecto daliniano a esta opción perfectamente coherente, Dalí concilia la idea de liderazgo único en la cúspide con la de multiplicidad de contradicciones en la base, ideando el concepto de "monarquía anárquica"[6]; 5) los descubrimientos realizados a lo largo de los años 60 en el dominio de la biología le enseñaron que los organismos naturales, hasta en sus más mínimos detalles, no son amorfos y desestructurados, sino que se encuentran jerarquizados y especializados. 6) la estructura biológico-molecular de la que deriva el hombre en su unidad y en sus potencialidades, es el ADN: por lo tanto, el principio monárquico y la jerarquía que de él emana tiene una justificación biológica[7]; 7) así pues, la forma de gobierno más conforme con la naturaleza humana será la "monarquía-anárquica".

La tesis de Dalí, enunciada de forma jocosa -"en esta época de miseria intelectual en que vivimos debo expresarme en términos caricaturescos para que mis contemporáneos puedan intentar comprenderme", había dicho- si se quiere, paradójica en ocasiones, pero seria al fin y al cabo, es que debe existir unidad en la cúpula, jerarquía en los escalones intermedios de la sociedad y diversidad actuante en la base. La existencia de esa unidad -monarquía- y de esa jerarquía garantiza que la multiplicidad de tendencias en la base -la "anarquía" a la que alude- no rompa el conjunto en el desorden civil. Dalí intenta conciliar una forma de "tradición" -la monarquía- con un concepto de "revolución" -la anarquía-; su pensamiento político se encaminó, ya desde su juventud, hacia esta síntesis.

Julius Evola, amigo de Tristan Tzara y de Gottfried Benn, conocido de Giorgio de Chirico y de Arno Breker, apreciado por Rosemberg -ministro de Asuntos Exteriores del III Reich e ideólogo del régimen- y Himmler -jefe de las S.S.- fue de los primeros en saludar a Mussolini en el Cuartel General del Führer tras ser liberado del Gran Sasso por los paracaidistas del coronel Otto Skorzeny; el barón Julius Evola, jamás se había afiliado al Partido Fascista, pero de los años 50 a 70, sostuvo ideas que influyeron ampliamente en una parte de la juventud neo-fascista del Movimiento Social Italiano y de los grupos extraparlamentarios Avanguardia Nazionale y Ordine Nuovo; el barón Evola, cuya obra es fundamentalmente de carácter esotérico, escribió a principios de la década de los cincuenta un libro titulado "Los hombres y las ruinas", que supuso un intento serio de teorizar una línea política que corresponda a la tradición esotérica. Dalí conocía este texto, que le fue remitido en italiano; existen suficientes alusiones, vínculos y amistades comunes, afinidades, entre las declaraciones políticas de Dalí y los puntos de vista de Evola, como para afirmar razonablemente que Dalí, sea directamente, sea a través de terceros, conocía perfectamente la obra del esoterista italiano; máxime cuando los temas tratados en sus libros estuvieron siempre en el espíritu de Dalí: "La Tradición Hermética", "Metafísica del Sexo", etc.

Dalí establece las motivaciones de lo que, parafraseando a Hitler, llama "Mi lucha"; algunas de las consignas que sitúa están calcadas literalmente de las teorías políticas de Julius Evola. Véase con detenimiento la relación de Dalí por que constituyen un verdadero manifiesto político:

Contra la simplicidad Por la complejidad

Contra la uniformidad Por la diversificación

Contra el igualitarismo Por la jerarquización

Contra lo colectivo Por lo individual

Contra la política Por la metafísica

Contra la naturaleza Por la estética

Contra el maquinismo Por el sueño

Contra la abstracción Por lo concreto

Contra la espinaca Por los caracoles

Contra el arte moderno africano Por el Renacimiento

Contra la Medicina Por la magia

Contra la revolución Por la tradición...

Hay en todo esto una dosis considerable de estilo daliniano. Por ejemplo, cuando truena contra la espinaca lo está haciendo contra lo informe y lo caótico (en otras ocasiones compara lo informe a la baba de un perro), el caracol le evoca, por el contrario, la espiral generadora perfectamente trazada; tales son las asociaciones sugeridas por su método paranoico-crítico.

El sistema de "monarquía-anárquica", propuesto por Dalí, es, fundamentalmente, aristocrático; la aristocracia, antes que cualquier otra cosa, es un "estilo", sereno, estable, mesurado, responsable, es el estilo que entreve en los grandes cuadros del Renacimiento y que quiere reproducir en sus mejores obras. Pero para llegar a él había que destruir los fundamentos del mundo moderno y esto pasaba a través del apoyo a las fracciones más extremas que lo combatían: así no es de extrañar que Dalí apoyase a los contestatarios de las barricadas y difundiera entre los estudiantes de la Sorbona un panfleto -"Mi revolución cultural"- que, en parte, podrían haber suscrito los mismos grupos anarco-situacionistas detonadores de los sucesos. Tampoco es extraño que Dalí glosara las virtudes de la revolución cultural maoísta, aun afirmando que el marxismo estaba enterrado. Era una forma de implementar la acción de los grupos más radicales con objeto de acelerar el proceso destructivo que desbloquearía el ascenso de un orden nuevo. Tal es el sentido de la "estrategia" política daliniana...

Estas posiciones no fueron entendidas por la izquierda progresista que lideró la vida cultural española durante la transición. Solo tres botones de muestra bastan para mostrar la superficialidad de aquellos que se llamaron "intelectuales". En 1979, la Asamblea Democrática de Artistas de Gerona condenó la obra de Dalí; ninguno de los integrantes de esta "asamblea" pasará a la historia de la pintura. Algunos desconocidos, seguramente vinculados a estos ambientes, apedrearon la casa de Port Lligat. Finalmente, en junio de 1979, el Ayuntamiento de Figueras cambió el nombre de la Plaza Gala-Dalí con los votos favorables del Partido Socialista, Esquerra Republicana de Catalunya, Convergencia i Unió y el Partido Comunista (PSUC). A todos ellos se les puede dedicar la frase extraída del "Libro Rojo" de Mao: "La rana de la charca jamás comprenderá la grandeza del océano"...



[1] Esta misma anécdota, la encontramos en la biografía de otro personaje conocido de éste siglo, escolarizado en otra escuela laica a 2000 km de distancia, en Como, Italia: Benito Mussolini.

[2] Eliade era tenido en alta estima por los esoteristas Julius Evola y René Guenon con los que mantuvo correspondencia y cuyos trabajos utiliza para sus compilaciones. Eliade pasó unos años en la India instruyéndose, teórica y prácticamente, en los distintos yogas y se interesó vivamente por la alquimia en varios ensayos. A Dalí le llamaron particularmente la atención tres de sus trabajos: "Mefistófeles y el Andrógino" (Ed. Guadarrama, Madrid 1974) y "Herreros y Alquimistas" (Alianza Editorial, Madrid 1973) y "Yoga: Inmortalidad y libertad" (Editorial La Pleyade, Buenos Aires 1972).

[3] Las relaciones entre Dalí y Picasso son importantes y tormentosas. Al llegar Dalí a París, lo primero que hizo fue visitar a Picasso: "He venido a verle a usted antes que el Louvre", le dijo; el malagueño le contestó: "Ha hecho usted muy bien". Mas adelante le presentaría a Gertrud Stein, relacionada con todos los ambientes artísticos de París; la Stein contribuiría a introducir a Dalí en estos medios. Picasso era, igualmente, amigo de Eluard y de Gala a quien regaló algunas pinturas que hoy permanecen en el Teatro-Museo de Figueras. El fotógrafo Brassaï vió en el pintor malagueño al primer mecenas y protector de Dalí. Picasso le prestó dinero para su irrupción en EE.UU. y hasta el estallido de la guerra civil hubo entre ambos artistas una buena y sincera amistad. A partir de entonces todo cambió. Picasso optó por el Partido Comunista. A partir de entonces todo fue desencuentro y oposición. En realidad Picasso fue un punto de referencia para Dalí que se convirtió en el anti-Picasso: "Estoy fusionando el surrealismo con la mística. Dalí está por la fusión. Picasso por la confusión. Ambos somos genios en un país de contrastes: sol y sombra". Los dos pintores nunca más volvieron a verse a pesar de la mutua simpatía y admiración que se profesaban en privado. Antonio D. Olano (que fue amigo de ambos), dice que se "enfurruñaron como chiquillos" y todo induce a pensar que, efectivamente, así fue. Cada verano Dalí escribía a Picasso solicitándole una entrevista, pero la carta quedó siempre sin respuesta. Picasso reconoció a Olano que le hizo mucha gracia la frase de "Picasso es comunista. Yo tampoco" e, incluso le dijo: "Ese muchacho es el último pintor renacentista que le queda al mundo". A la "Paloma de la Paz" de Picasso, correspondió Dalí con su "Cruz de la Paz", y al "Gernica" de Picasso, Dalí respondió con su "Santiago el Grande". Las correspondencias y antítesis entre ambos pintores llegan a tal punto que, incluso, sus compañeras eran rusas...

[4] Todas estas relaciones han sido descubiertas por Silvia Nieto y José Hermida en su libro "Viajes esotéricos" (Temas de Hoy, Madrid 1994) y a ellos corresponde la paternidad de estas afirmaciones.

[5] "Uno de los pintores modernos de importancia fue sin duda alguna Henri Matisse, pero Matisse representa exactamente las últimas consecuencias de la revolución francesa; es decir, el triunfo de la burguesía y del espíritu burgués (...) Las consecuencias del arte moderno contemporáneo radican en haber llegado al máximo de racionalización y al no va más allá del escepticismo. Hoy en día, los jóvenes modernos no creen en nada. Es perfectamente normal que, cuando no se cree en nada, se acabe pintando apenas nada, que es, poco más o menos el caso de toda la pintura moderna" ("Diario de un Genio", anotación del 18 de diciembre de 1955).

[6] "La política no me intresa porque es algo que pasa rápidamente, algo accidental. Pero tengo una pequeña teoría sobre la monarquía... cada día me hago más monárquico", había dicho y también: "Me había formado toda una teoría que puede parecer absurda, según la cual yo creía que el régimen maravilloso sería la Monarquía anárquica. O sea: arriba el máximo orden absoluto que permitiese a los de abajo hacer lo que les diese la gana y divertirse al máximo". Y Antonio D. Olano, comentando análogos fragmentos escribe: "La monarquía no es política, en absoluto. Es la única manera de gobierno que no tiene que ver con la política". En otra ocasión profetizó que las monarquías se reinstaurarían en Europa por este orden: primero España, posteriormente, Rumanía y, finalmente, Rusia. Entonces muchos rieron la excentricidad que, con el paso del tiempo, si bien es improbable, no es absurda.

[7] "Desde el punto de vista científico, la monarquía es la única forma de gobierno que corresponde a los más recientes descubrimientos de la biología. La monarquía es genética. Viene de Dios. Lo único terrible es que los actuales reyes no son monárquicos. Dicen que son liberales, hablan de socialismo, etc. Y hace falta que sean absolutistas -terminaba ironizando-, pero convencer a un rey para que se convierta en monárqico es una empresa complicada".


(c) Ernestoi Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

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